Lisboa, melancolía y modernidad

Jose Baciero, Portugal

#Lisboa #Portugal #BarrioAlto #Tajo

El Panda Viajero

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Entramos en la capital de Portugal. De repente, el tiempo se acelera: todo pasa rápido, actividad tras lugar, visita tras descubrimiento, sorpresa tras mito, colina tras colina… Lisboa es un no parar, un frenetismo sano, atlántico, gustoso; es una montaña rusa de sensaciones que ir aprehendiendo paso a paso, incluso sin rumbo. Las guías de poco sirven en una ciudad que sorprende a cada zancada… pero desde luego que haremos lo mejor para que no te dejes lo imprescindible en el tintero.

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Entramos en la capital de Portugal. De repente, el tiempo se acelera: todo pasa rápido, actividad tras lugar, visita tras descubrimiento, sorpresa tras mito, colina tras colina… Lisboa es un no parar, un frenetismo sano, atlántico, gustoso; es una montaña rusa de sensaciones que ir aprehendiendo paso a paso, incluso sin rumbo. Las guías de poco sirven en una ciudad que sorprende a cada zancada… pero desde luego que haremos lo mejor para que no te dejes lo imprescindible en el tintero.

No en vano, Lisboa es “la ciudad de las siete colinas”, llamada así por sus empinadas calles. Camina o toma el clásico tranvía para vivir Lisboa en la superficie… pero te recomendamos encarecidamente que te des alguna que otra vuelta en metro. Las estaciones de estas icónicas cuatro líneas son verdaderos museos subterráneos (recomendamos los vestíbulos de la línea roja), repletas de azulejos y de obras de artistas noveles. Si eres un romántico empedernido, el tranvía (‘o eléctrico’) es la respuesta. La línea 28 (trazada en el año 1914) te llevará desde la Rua da Concepçao por los barrios más pintorescos de la capital y los monumentos clave (Alfama, la Baixa, Barrio Alto, Chiado, Estrela y Prazeres).

De puertas afuera, Lisboa vive en sus barrios. Vive en esas calles estrechas empedradas con la ropa colgando en los balcones de Alfama, el barrio más antiguo, el más enraizado a la ciudad original y el que disfrutar desde los ‘miradoiros’ de Santa Lucía o Portas do Sol. Pero Lisboa se despereza en Bairro Alto y en plena noche: es el lugar de los noctámbulos y de la bohemia más vanguardista (con tanta tradición, que encontramos locales de música electrónica con 30 años de trayectoria, como es el caso de Frágil). La ciudad se engalana en el elegante Chiado, antiguo “patio de vecinos” de conocidos escritores lusos (sino, preguntádselo a Pessoa, sentado permanentemente en Rua Garrett) y hoy convertido en una potencia comercial con encanto y chispa.

De puertas para adentro los tesoros que admirar se multiplican. Sus museos custodian un sin fin de obras artísticas que, aunque suene a tópico, tienen un valor incalculable. El Museo Nacional de Arte Antica, radicado en el Palácio das Janelas Verdes, cuenta con magníficos ejemplos de las escuelas europeas y objetos traídos de allende los mares, que con un espíritu descubridor como el luso, hizo que las piezas llegaran desde lugares como China, Japón o el continente negro. El Museo Calouste Gulbenkian, regalo del homónimo mecenas turco a Portugal, acrecenta la oferta museística lisboeta con sus cuadros alemanes e italianos de los siglos XVII y XVIII y sus magníficas joyas impresionistas. «Mis obras maestras son amigos para toda la vida», decía Gulbenkian. Y qué amigos.

La ciudad resurgió barroca después de que un devastador terremoto que atemorizó a media Europa casi la borrara del mapa en 1755. La plaza del Marqués de Pombal, quien se ocupó del renacimiento metropolitano, inicia el circuito lisboeta de plazas y bulevares. ¡Ay!, qué sería Lisboa sin sus plazas. Praça dos Restauradores y su obelisco a los héroes que liberaron al país de los españoles, Praça Dom Pedro IV, con una columna a lo Trafalgar Square, la cercana Praça da Figueira y, por supuesto, Praça do Comércio, al final de la Rua Augusta, con su icónico Arco Triunfal frente al Tajo. No muy lejos, otro icono domina la ciudad, el elevador de Santa Justa, una longeva torre de hierro que une el centro con el Barrio Alto, con espectaculares y altas vistas de Lisboa especialmente idílicas al atardecer.

Cosmopolitismo, azulejos, sensualidad, peixinhos da horta, espíritu bohemio, el río Tajo, vanguardia, tranvías… Si estamos hartos de escuchar el cliché de la “conjugación de tradición y modernidad”, en Lisboa nos daremos cuenta de que pasa de ser un cliché a una forma de vida. Un estilo honesto con los orígenes y ansioso por seguir en la cresta de la ola. Lisboa es inquieta, traviesa. Disfrútala sin vergüenza.

Se encuentra en una posición elevada con respecto a la Baixa, con la que antiguamente se comunicaba a través de ascensores (como el Elevador de Santa Justa, que hoy en día cumple una función meramente turística), y frente al pintoresco barrio de Alfama, por lo que es fácil encontrar improvisados miradores desde los que divisar algunos de los puntos más importantes de Lisboa.

El Centro Cultural Belém es el principal foco cultural de la capital, con un programa de conciertos de música clásica, ópera y jazz verdaderamente impresionantes. Para los amantes del arte contemporáneo, el Centro de Arte Moderna y el Museo do Chiado son cita obligada. Y la triada Museo-Escola de Artes Decorativas, Museo Nacional do Traje y el Museo do Design e da Moda son dignos de admiración entre los incondicionales del diseño.

Baixa

Fue una de las zonas más afectadas por el terremoto de 1755, y tuvo que ser prácticamente reconstruida por completo. El encargado de dicho plan de urbanismo fue el Marqués de Pombal (de ahí que sea conocida como Baixa Pombalina), que estructuró el trazado de las calles de forma geométrica y manteniendo los antiguos nombres, que hacen referencia a las actividades que históricamente se habían venido desarrollando en cada una de ellas. En las fachadas de los edificios, que hoy en día albergan numerosos comercios, es corriente ver los azulejos típicos lisboetas.

El barrio alberga algunas de las plazas y avenidas más importantes de la ciudad, como la Avenida da Liberdade, la auténtica arteria principal de Lisboa, cuyas majestuosas arboledas serán lo único que te hará despegar los ojos de los mosaicos del suelo y de las impresionantes fachas de los edificios decimonónicos. Cerca de allí, también de obligada visita, se encuentran la Plaza del Rossio, que alberga la estación ferroviaria con la que comparte nombre, y la Praça do Comércio, la más importante y espectacular de la ciudad, que servía de puerta de entrada a los visitantes que llegaban a Lisboa en barco.

Monasterio de los Jerónimos

Primera capital del Brasil (1549-1763), San Salvador de Bahía ha sido un punto de confluencia de culturas europeas, africanas y amerindias. En 1588 se creó en ella el primer mercado de esclavos del Nuevo Mundo, destinados a trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. La ciudad ha podido conservar numerosos edificios renacentistas de calidad excepcional. Las casas de colores vivos, magníficamente estucadas a menudo, son características de la ciudad vieja.

Barrio Alto

Es una de las zonas más animadas de Lisboa, donde los lisboetas se acercan, al caer el sol, en busca de diversión, pues es el distrito con más bares, restaurantes y casas de fado. Muchos de estos locales, durante los meses más calurosos, disponen mesas y sillas en las aceras para que los clientes puedan disfrutar de unas copas al aire libre, disfrutando del bullicio que se respira.

Se encuentra en una posición elevada con respecto a la Baixa, con la que antiguamente se comunicaba a través de ascensores (como el Elevador de Santa Justa, que hoy en día cumple una función meramente turística), y frente al pintoresco barrio de Alfama, por lo que es fácil encontrar improvisados miradores desde los que divisar algunos de los puntos más importantes de Lisboa.

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